Tiró lo dados nuevamente, necesitaba ese doble seis. Había estado esperando
por ese doble seis unos cinco o seis meses desde que empezó a jugar.
Doble cinco. Doble cinco significaba full house y eso le bastaba para
ganar. No. Era necesario que saliera ese doble seis.
Volvió a juntar los dados en el vaso. Era su turno de nuevo. Uno-dos-tres-
cuatro-seis. Cualquiera hubiera ido por la escalera, estaba prácticamente
servida. Tomo aire, peinó su cabello
hacia atrás usando sus dedos. Ante la mirada expectante y estupefacta de todos,
tomó los cuatro dados y volvió a tirar.
"Seis, seis", pensaba una y otra vez, y se repetía
incansablemente que no importara cuan difícil le resultara, iba a conseguir lo
que quería.
Con un estruendo colocó el vaso boca abajo y dejó caer los dados que este
contenía. Seis-cuatro-seis-cinco. Y todo
se reducía nuevamente a ese doble seis. Esa bendita combinación de dados que
había estado buscando incansablemente y que seguía sin poder conseguir.
Le costaba tanto entender por qué no podía sacar doble seis. Sus amigos lo
habían hecho, sus padres lo habían hecho, sus profesores lo habían hecho.
Algunos más, algunos menos, pero todo lo que veía a su alrededor era gente que
había conseguido el maldito doble seis.
Y pasaron los días, y pasaron los años, y pasaron los cincos, los cuatros,
los tres, los dos, los unos...pero nunca un doble seis. Entonces dejó que
pasaran, sin importar cuantas partidas pudiera haber ganado o cuánto tiempo
pudiese haber ahorrado.
Un día, mientras el cansancio y la frustración consumían su alma, decidió
dejar de jugar. Esta sería la última vez que recogería aquel condenado vaso con
los dados. Se resignó de tal modo que ni siquiera sacudió en la forma que
acostumbraba antes de tirar. Simplemente volcó los dos desdichados dados sobre
la mesa.
Desde la superficie lustrosa le sonrió por fin aquello que había esperado
tanto tiempo.
Doble seis.
"GENERALA" Gritó a todo pulmón. Solo el eco de su propia voz le
contestó. Miró a su alrededor y no vio
más que oscuridad. El silencio invadía la sala y la soledad corrompía su mundo.
Comprendió que el esperar pacientemente por algunas cosas, no significa que
valga la pena hacerlo.
Ludópatas.
ResponderEliminarInteresante cuento.