Se enredó nuevamente en las
sábanas, intentando conciliar el sueño. Pensaba en dormir, en el día agitado
que tendría si no lograba hacerlo antes de las seis, en el trabajo, en María y
Juan que siempre llegaban juntos, en que seguramente eran pareja, en lo grandioso
que sería no despertarse sola, lo mucho que le gustaría sentir otro cuerpo en
esa cama, en él, en su cuerpo, en sus ojos, su boca, su pelo, nuevamente su
boca, un abrazo, una caricia. Y ya no pudo más.
Se levantó y caminó a la cocina.
Se sirvió un vaso de agua helada. Ajustó su bata por la cintura, le quedaba más
holgada de lo que recordaba. Pensó en bajar de peso, en el verano, en trajes de
baño, en el casamiento de su hermana que sería en Enero, en que necesitaba un
vestido, un vestido negro, un escote, una cintura apretada, una mano en la
cintura, la mano de él, un baile, un susurro en el oido, una propuesta
indecente, un abrazo indiscreto, un beso apasionado...No. No quería.
Lavó su cara con energía y se dio
unas suaves palmadas en los cachetes. Estaba oficialmente despabilada y
necesitaba ocupar su mente en otra cosa. Encendió la televisión, buscó algo
para ver. Pensó en lo inútil que era tener cable, en lo pobre que era la
programación, en el programa de chimentos de la tarde, en lo poco que le
importaba la vida de los famosos, en qué estaría haciendo George Clooney en ese
momento, en el resto de la gente cuyas vidas seguían mientras ella tenía
insomnio, en él, en su rostro dormido, en sus ojos cerrados, su respiración
tranquila, las sabanas desechas, su fuerte pecho contra su espalda, la
sensación de su aliento en el cuello, una sonrisa, un "buen
día"...Sacudió la cabeza con fuerza.
Una ducha, eso necesitaba. Abrió
la canilla, se quitó la bata, se metió bajo el agua. Pensó lo tibio que estaba
el baño, el jabón, el vapor, en él, en su silueta dibujada del otro lado de la
ducha, su espalda ancha y musculosa, su cabello mojado peinado hacia atrás, su
cuerpo empapado...
Se quedó inmovil bajo la lluvia,
cerrando los ojos. Suspiró resignada. Estaba cumpliendo la condena que le
correspondía por lo irresponsable que había sido con su corazón. Había entrado
en la amarga rutina de acordarse de ese rostro ante cada estúpido estimulo que
recibía, en el desesperante limbo de soñar despierta sin poder conciliar el
sueño. Era presa de ese pensamiento recurrente y obsesivo que crece de a poco
como una enredadera y termina, finalmente, por consumirlo todo.
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