jueves, 13 de febrero de 2014

Condenada

Se enredó nuevamente en las sábanas, intentando conciliar el sueño. Pensaba en dormir, en el día agitado que tendría si no lograba hacerlo antes de las seis, en el trabajo, en María y Juan que siempre llegaban juntos, en que seguramente eran pareja, en lo grandioso que sería no despertarse sola, lo mucho que le gustaría sentir otro cuerpo en esa cama, en él, en su cuerpo, en sus ojos, su boca, su pelo, nuevamente su boca, un abrazo, una caricia. Y ya no pudo más.
Se levantó y caminó a la cocina. Se sirvió un vaso de agua helada. Ajustó su bata por la cintura, le quedaba más holgada de lo que recordaba. Pensó en bajar de peso, en el verano, en trajes de baño, en el casamiento de su hermana que sería en Enero, en que necesitaba un vestido, un vestido negro, un escote, una cintura apretada, una mano en la cintura, la mano de él, un baile, un susurro en el oido, una propuesta indecente, un abrazo indiscreto, un beso apasionado...No. No quería.
Lavó su cara con energía y se dio unas suaves palmadas en los cachetes. Estaba oficialmente despabilada y necesitaba ocupar su mente en otra cosa. Encendió la televisión, buscó algo para ver. Pensó en lo inútil que era tener cable, en lo pobre que era la programación, en el programa de chimentos de la tarde, en lo poco que le importaba la vida de los famosos, en qué estaría haciendo George Clooney en ese momento, en el resto de la gente cuyas vidas seguían mientras ella tenía insomnio, en él, en su rostro dormido, en sus ojos cerrados, su respiración tranquila, las sabanas desechas, su fuerte pecho contra su espalda, la sensación de su aliento en el cuello, una sonrisa, un "buen día"...Sacudió la cabeza con fuerza.
Una ducha, eso necesitaba. Abrió la canilla, se quitó la bata, se metió bajo el agua. Pensó lo tibio que estaba el baño, el jabón, el vapor, en él, en su silueta dibujada del otro lado de la ducha, su espalda ancha y musculosa, su cabello mojado peinado hacia atrás, su cuerpo empapado...

Se quedó inmovil bajo la lluvia, cerrando los ojos. Suspiró resignada. Estaba cumpliendo la condena que le correspondía por lo irresponsable que había sido con su corazón. Había entrado en la amarga rutina de acordarse de ese rostro ante cada estúpido estimulo que recibía, en el desesperante limbo de soñar despierta sin poder conciliar el sueño. Era presa de ese pensamiento recurrente y obsesivo que crece de a poco como una enredadera y termina, finalmente, por consumirlo todo. 

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