Inspirame.
“Eric salió de su casa intentando
escapar de su encierro….” –Y probablemente del hecho de que su nombre era
‘Eric’- dijo en voz alta mientras arrancaba la hoja del cuaderno y la arrojaba
al cesto de basura. Nunca había tenido tantos problemas para escribir en su
vida. Normalmente él solo se sentaba frente a ese escritorio y las palabras
salían de su lápiz sin que se lo pidiera. Hacía ya dos días que no se movía de
esa bendita habitación, buscando en si mismo algún rastro de inspiración que lo
sacara de semejante limbo.
Miró a su alrededor. Quizás no
vendría mal un cambio de escenario. A través de la ventana, vio el parque. No
parecía una mala idea. Aire fresco, niños jugando, animales corriendo y
probablemente una que otra señorita que le oficiara de musa. Cargó su cuaderno en la mochila y salió.
Caminó un par de cuadras, mirando
hacia el piso. Había vivido tanto tiempo en esa ciudad que ya ni necesitaba
prestar atención para llegar al destino que se propusiese.
Llegó al parque y se sentó bajo
la sombra de un árbol. Quiso sacar su cuaderno pero una necesidad imperiosa de
cerrar los ojos lo abrumó. Puso su cabeza entre sus rodillas y así permaneció
un rato…Paz y tranquilidad. Paz y tranquilidad ¿Paz y tranquilidad?
Levantó su cabeza, un tanto alarmado.
Era cierto, desde que salió de su casa todo había sido paz y tranquilidad. Ni
un auto, ni un perro, ni un niño, ni un pájaro. Todo se había detenido. “Quizás
es un sueño” dijo, sin extrañarse y volvió a esconder su rostro entre sus
manos.
Desde la distancia llegó a sus
oídos un leve chillido de cadenas oxidadas. Como si algo estuviera acercándose
muy lentamente. Y así era.
El débil ruido se hacía cada vez
más fuerte y, ¿se atrevería a admitirlo? Si: Más fuerte y más tenebroso.
Un escalofrío recorrió su cuerpo
cuando, por fin, pudo identificar la fuente del sonido: a lo lejos una
bicicleta se estaba acercando.
No era tanto la bicicleta y su
espectral sonido lo que lo aterraba, sino
el ser que la montaba. Un hombre viejo y extraño, vestido íntegramente
en harapos grises. Su cabello, largo, canoso y enmarañado, caía sobre sus
hombros y se fundía con su espesa y enredada barba. Su sonrisa era lo más perturbador:
amplia, con una mueca casi sobrehumana, mostraba todos los amarillentos dientes
(o eso mostraría si la dentadura estuviera completa).
El hombre lo miró fijamente, sin
dejar de sonreír. Él creyó que aquel extraño iba a hablarle, pero no lo hizo.
Solamente extendió su mano hacía él. Era una mano huesuda y llena de verrugas,
con uñas largas y sucias.
Lo pensó dos veces antes de
estrecharle la mano al anciano, pero por el desagradable aspecto que este
tenía, consideró que lo mejor iba a ser darle lo que quería y terminar con tan
incomodo encuentro de una buena vez.
Apretó con firmeza la mano de aquel hombre y sintió cómo esas
desagradables uñas se hincaban suavemente en su carne.
El viejo soltó su mano y lo
volvió a mirar al tiempo que comenzaba a pedalear su bicicleta...alejandose hasta perderse en el horizonte.
El parque se desvaneció de
repente y él despertó sobre su escritorio, empapado en sudor. El papel con la
historia sobre el tal Eric aún abollado entre sus manos, ahora mojado en una
mezcla de transpiración, saliva y un poco de café que había derramado al
despertar.
Entonces ocurrió. Comenzó a escribir
como si su vida dependiera de ello. Tomó el lápiz y escribió…y escribió, y
escribió… Las palabras salían casi sin que él las pensara.
Y así terminó un cuento, y luego
otro…y después uno más. Las ideas parecían no tener fin.
Escribió novelas y sonetos,
poemas y reseñas, cuentos cortos, cuentos largos, de terror, de romance, de
fantasía… uno tras otro, sin parar.
Los papeles comenzaron a acumularse
en la pequeña habitación del departamento. Las hojas del cuaderno se acabaron, y
él comenzó a escribir en las paredes. Las
paredes se terminaron y entonces escribió en el piso. Una vez que el piso
estuvo lleno, optó por llenar los muebles de sus encantadores escritos…y así
comenzaron a pasar los días…
Los hombres de blanco irrumpieron
en la habitación pasada una semana y tomaron al escritor por la fuerza. Lo encerraron en una
cómoda habitación de paredes acolchonadas y lo miraron preocupados. Era el
tercer caso en un mes.
Dicen que la inspiración es algo
que llega en cualquier momento, pero nunca nadie dijo de donde viene…o cuando
se irá.
muy bueno, me encanto
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