jueves, 5 de septiembre de 2013

Atardecer

Me propuse a mi misma no escribir terror esta vez. Por fin lo conseguí. Sin embargo tiene otro de mis vicios para escribir supongo que cuando terminen de leerlo se imaginarán cual es.

Atardecer



Creo que llevaba más de tres horas sentada frente a esa ventana. O por lo menos eso parecía…cuando tomó asiento era pleno atardecer y ahora todo estaba en la más profunda oscuridad. Era la nueva rutina de todos los días. Sin embargo el tiempo ya no significaba nada para ella. Los días comenzaban y terminaban de la misma forma y solo se contentaba con verlos pasar, sobreviviendo a su dolor hasta que, con suerte, algún día se despertara y éste desapareciera.
Tomó la manta que tenía a su costado y se tapo. Se recostó en el sofá en el que había pasado toda la tarde. La oscuridad había devorado todo rastro de luz y calor que había en ese pequeño cuarto.
Retiró un mechón rubio que caía sobre su mejilla izquierda y puso su mano en su pecho, en un intento por calmar la sensación de vacío que tenía. El corazón le dolía tanto que pensaba que no existía enfermedad física capas de imitar aquel tormento.  Saladas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. La nostalgia era un sentimiento que llegaba puntual cada día, anunciando que el reloj había dado las 21.35 pm. Esa hora la ponía nerviosa. Una semana atrás ella hubiese levantado el teléfono y discado el número que conocía de memoria. “¿Hola?” hubiera respondido una perezosa voz masculina del otro lado del auricular. La charla hubiera durado dos horas entre risas y tonterias, hasta que su madre los interrumpiera para llamarla a comer. Sin embargo esto ya no era posible.
Una sonrisa débil se dibujó por un momento en sus labios. Desapareció como la más suave de las corrientes de viento fresco en un caluroso día de verano.  
La oscuridad de la noche era su aliada de doble filo. Si bien traía esos recuerdos tan dolorosos, también daba el consuelo del sueño profundo.
Aún le costaba entender cómo hacía para dormir tanto cuando todo lo que hacía era pensar en esos momentos, momentos llenos de felicidad, de cariño, de alegría. Sin embargo tan pronto como la noche llegaba, Morfeo se la llevaba a su fantástico país, donde la tristeza no existía, los ríos eran de nubes, el amor era eterno y los arboles siempre estaban verdes.
Si hay algo que le resultaba increíble, era como la necesidad de olvidar trae a la mente los más insignificantes recuerdos de alegría. Los más minúsculos momentos de felicidad, son los que más vuelven a carcomerle la mente a uno en los tiempos desesperados.
Recordaba cada abrazo dado, cada sonrisa compartida, cada beso robado, cada mirada cómplice, cada gesto de cariño, cada palabra de aliento. Ya no quedaba nada. Todo había desaparecido de la noche a la mañana. Y todo indicaba que jamás regresaría.
Lloró y lloró hasta quedarse dormida. 


Habían pasado ya ocho días desde que aquél asteroide había caído sobre la tierra, destruyéndolo todo.

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