Atardecer
Creo que llevaba más de tres
horas sentada frente a esa ventana. O por lo menos eso parecía…cuando tomó
asiento era pleno atardecer y ahora todo estaba en la más profunda oscuridad.
Era la nueva rutina de todos los días. Sin embargo el tiempo ya no significaba
nada para ella. Los días comenzaban y terminaban de la misma forma y solo se
contentaba con verlos pasar, sobreviviendo a su dolor hasta que, con suerte,
algún día se despertara y éste desapareciera.
Tomó la manta que tenía a su
costado y se tapo. Se recostó en el sofá en el que había pasado toda la tarde.
La oscuridad había devorado todo rastro de luz y calor que había en ese pequeño
cuarto.
Retiró un mechón rubio que caía
sobre su mejilla izquierda y puso su mano en su pecho, en un intento por calmar
la sensación de vacío que tenía. El corazón le dolía tanto que pensaba que no
existía enfermedad física capas de imitar aquel tormento. Saladas lágrimas comenzaron a rodar por sus
mejillas. La nostalgia era un sentimiento que llegaba puntual cada día,
anunciando que el reloj había dado las 21.35 pm. Esa hora la ponía nerviosa.
Una semana atrás ella hubiese levantado el teléfono y discado el número que
conocía de memoria. “¿Hola?” hubiera respondido una perezosa voz masculina del
otro lado del auricular. La charla hubiera durado dos horas entre risas y
tonterias, hasta que su madre los interrumpiera para llamarla a comer. Sin
embargo esto ya no era posible.
Una sonrisa débil se dibujó por
un momento en sus labios. Desapareció como la más suave de las corrientes de
viento fresco en un caluroso día de verano.
La oscuridad de la noche era su
aliada de doble filo. Si bien traía esos recuerdos tan dolorosos, también daba
el consuelo del sueño profundo.
Aún le costaba entender cómo
hacía para dormir tanto cuando todo lo que hacía era pensar en esos momentos,
momentos llenos de felicidad, de cariño, de alegría. Sin embargo tan pronto
como la noche llegaba, Morfeo se la llevaba a su fantástico país, donde la
tristeza no existía, los ríos eran de nubes, el amor era eterno y los arboles
siempre estaban verdes.
Si hay algo que le resultaba
increíble, era como la necesidad de olvidar trae a la mente los más
insignificantes recuerdos de alegría. Los más minúsculos momentos de felicidad,
son los que más vuelven a carcomerle la mente a uno en los tiempos
desesperados.
Recordaba cada abrazo dado, cada
sonrisa compartida, cada beso robado, cada mirada cómplice, cada gesto de
cariño, cada palabra de aliento. Ya no quedaba nada. Todo había desaparecido de
la noche a la mañana. Y todo indicaba que jamás regresaría.
Lloró y lloró hasta quedarse
dormida.
Habían pasado ya ocho días
desde que aquél asteroide había caído sobre la tierra, destruyéndolo todo.
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