viernes, 27 de septiembre de 2013

Silencio.

Quería sentir el silencio. El silencio más profundo. Escuchar simplemente el sonido de mi alma, gritando eso que ya se y no me atrevo a decir.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Día de Lluvia.

El tiempo pasa, el corazón deja de latir con esa fuerza...y hoy no puedo entender por qué me siento tan vacía.

martes, 10 de septiembre de 2013

Inspírame

Completando asuntos pendientes en mi carpeta de "Originales sin terminar". Este surgió de un sueño que tuve. Quizás le falte pulir detalles,me compliqué la vida sola por no querer ponerle nombre al personaje principal. Sencillamente me quedé sin ganas de releerlo en frio. Lo editaré cuando llegue el momento...

Inspirame. 
 “Eric salió de su casa intentando escapar de su encierro….” –Y probablemente del hecho de que su nombre era ‘Eric’- dijo en voz alta mientras arrancaba la hoja del cuaderno y la arrojaba al cesto de basura. Nunca había tenido tantos problemas para escribir en su vida. Normalmente él solo se sentaba frente a ese escritorio y las palabras salían de su lápiz sin que se lo pidiera. Hacía ya dos días que no se movía de esa bendita habitación, buscando en si mismo algún rastro de inspiración que lo sacara de semejante limbo.

Miró a su alrededor. Quizás no vendría mal un cambio de escenario. A través de la ventana, vio el parque. No parecía una mala idea. Aire fresco, niños jugando, animales corriendo y probablemente una que otra señorita que le oficiara de musa.  Cargó su cuaderno en la mochila y salió.
Caminó un par de cuadras, mirando hacia el piso. Había vivido tanto tiempo en esa ciudad que ya ni necesitaba prestar atención para llegar al destino que se propusiese.
Llegó al parque y se sentó bajo la sombra de un árbol. Quiso sacar su cuaderno pero una necesidad imperiosa de cerrar los ojos lo abrumó. Puso su cabeza entre sus rodillas y así permaneció un rato…Paz y tranquilidad. Paz y tranquilidad ¿Paz y tranquilidad?
Levantó su cabeza, un tanto alarmado. Era cierto, desde que salió de su casa todo había sido paz y tranquilidad. Ni un auto, ni un perro, ni un niño, ni un pájaro. Todo se había detenido. “Quizás es un sueño” dijo, sin extrañarse y volvió a esconder su rostro entre sus manos.
Desde la distancia llegó a sus oídos un leve chillido de cadenas oxidadas. Como si algo estuviera acercándose muy lentamente. Y así era.
El débil ruido se hacía cada vez más fuerte y, ¿se atrevería a admitirlo? Si: Más fuerte y más tenebroso.
Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando, por fin, pudo identificar la fuente del sonido: a lo lejos una bicicleta se estaba acercando.
No era tanto la bicicleta y su espectral sonido lo que lo aterraba, sino  el ser que la montaba. Un hombre viejo y extraño, vestido íntegramente en harapos grises. Su cabello, largo, canoso y enmarañado, caía sobre sus hombros y se fundía con su espesa y enredada barba.  Su sonrisa era lo más perturbador: amplia, con una mueca casi sobrehumana, mostraba todos los amarillentos dientes (o eso mostraría si la dentadura estuviera completa). 
El hombre lo miró fijamente, sin dejar de sonreír. Él creyó que aquel extraño iba a hablarle, pero no lo hizo. Solamente extendió su mano hacía él. Era una mano huesuda y llena de verrugas, con uñas largas y sucias.
Lo pensó dos veces antes de estrecharle la mano al anciano, pero por el desagradable aspecto que este tenía, consideró que lo mejor iba a ser darle lo que quería y terminar con tan incomodo encuentro de una buena vez.  Apretó con firmeza la mano de aquel hombre y sintió cómo esas desagradables uñas se hincaban suavemente en su carne.
El viejo soltó su mano y lo volvió a mirar al tiempo que comenzaba a pedalear su bicicleta...alejandose hasta perderse en el horizonte.
El parque se desvaneció de repente y él despertó sobre su escritorio, empapado en sudor. El papel con la historia sobre el tal Eric aún abollado entre sus manos, ahora mojado en una mezcla de transpiración, saliva y un poco de café que había derramado al despertar.
Entonces ocurrió. Comenzó a escribir como si su vida dependiera de ello. Tomó el lápiz y escribió…y escribió, y escribió… Las palabras salían casi sin que él las pensara.
Y así terminó un cuento, y luego otro…y después uno más. Las ideas parecían no tener fin.
Escribió novelas y sonetos, poemas y reseñas, cuentos cortos, cuentos largos, de terror, de romance, de fantasía… uno tras otro, sin parar.
Los papeles comenzaron a acumularse en la pequeña habitación del departamento. Las hojas del cuaderno se acabaron, y él comenzó a escribir en las paredes.  Las paredes se terminaron y entonces escribió en el piso. Una vez que el piso estuvo lleno, optó por llenar los muebles de sus encantadores escritos…y así comenzaron a pasar los días…
Los hombres de blanco irrumpieron en la habitación pasada una semana y tomaron al escritor por la fuerza. Lo encerraron en una cómoda habitación de paredes acolchonadas y lo miraron preocupados. Era el tercer caso en un mes.
Dicen que la inspiración es algo que llega en cualquier momento, pero nunca nadie dijo de donde viene…o cuando se irá.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Atardecer

Me propuse a mi misma no escribir terror esta vez. Por fin lo conseguí. Sin embargo tiene otro de mis vicios para escribir supongo que cuando terminen de leerlo se imaginarán cual es.

Atardecer



Creo que llevaba más de tres horas sentada frente a esa ventana. O por lo menos eso parecía…cuando tomó asiento era pleno atardecer y ahora todo estaba en la más profunda oscuridad. Era la nueva rutina de todos los días. Sin embargo el tiempo ya no significaba nada para ella. Los días comenzaban y terminaban de la misma forma y solo se contentaba con verlos pasar, sobreviviendo a su dolor hasta que, con suerte, algún día se despertara y éste desapareciera.
Tomó la manta que tenía a su costado y se tapo. Se recostó en el sofá en el que había pasado toda la tarde. La oscuridad había devorado todo rastro de luz y calor que había en ese pequeño cuarto.
Retiró un mechón rubio que caía sobre su mejilla izquierda y puso su mano en su pecho, en un intento por calmar la sensación de vacío que tenía. El corazón le dolía tanto que pensaba que no existía enfermedad física capas de imitar aquel tormento.  Saladas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. La nostalgia era un sentimiento que llegaba puntual cada día, anunciando que el reloj había dado las 21.35 pm. Esa hora la ponía nerviosa. Una semana atrás ella hubiese levantado el teléfono y discado el número que conocía de memoria. “¿Hola?” hubiera respondido una perezosa voz masculina del otro lado del auricular. La charla hubiera durado dos horas entre risas y tonterias, hasta que su madre los interrumpiera para llamarla a comer. Sin embargo esto ya no era posible.
Una sonrisa débil se dibujó por un momento en sus labios. Desapareció como la más suave de las corrientes de viento fresco en un caluroso día de verano.  
La oscuridad de la noche era su aliada de doble filo. Si bien traía esos recuerdos tan dolorosos, también daba el consuelo del sueño profundo.
Aún le costaba entender cómo hacía para dormir tanto cuando todo lo que hacía era pensar en esos momentos, momentos llenos de felicidad, de cariño, de alegría. Sin embargo tan pronto como la noche llegaba, Morfeo se la llevaba a su fantástico país, donde la tristeza no existía, los ríos eran de nubes, el amor era eterno y los arboles siempre estaban verdes.
Si hay algo que le resultaba increíble, era como la necesidad de olvidar trae a la mente los más insignificantes recuerdos de alegría. Los más minúsculos momentos de felicidad, son los que más vuelven a carcomerle la mente a uno en los tiempos desesperados.
Recordaba cada abrazo dado, cada sonrisa compartida, cada beso robado, cada mirada cómplice, cada gesto de cariño, cada palabra de aliento. Ya no quedaba nada. Todo había desaparecido de la noche a la mañana. Y todo indicaba que jamás regresaría.
Lloró y lloró hasta quedarse dormida. 


Habían pasado ya ocho días desde que aquél asteroide había caído sobre la tierra, destruyéndolo todo.

lunes, 2 de septiembre de 2013

El 5to Piso

Ejercicio de escritura rápida para la asignatura "guión". Tengo esta tendencia de escribir terror, terror y más terror. El relato tiene dos versiones, una con linealidad común y otro con linealidad alterada...Presento el común ya que el otro fue un intento forzado de cumplir con la consigna y tiene demasiada catarsis de escritora que estaba teniedo un pésimo día. Esto es lo que salió. Por favor ignoren el hecho de que se llama como un álbum de Arjona.

El 5to Piso

La noche estaba templada, era una de esas noches de verano que parecía un pecado desperdiciar dentro de esa caja a la que la encargada del edificio llamaba departamento.
Matías se levantó de la cama y apagó el televisor. A lo lejos podía escuchar a sus vecinos del 5to “B” enfrascados en otra de sus apasionantes discusiones sobre quién dejo la luz del baño encendida. Se cubrió el rostro con las manos, había olvidado cuando fue la última vez que sintió el silencio.
Abotonó su camisa a cuadros, corrió las cortinas y abrió la gran puerta ventana que daba al balcón. La luz de la luna invadió el cuarto en penumbras. Salió descalzo de su departamento y se apoyó en la baranda. Miró hacia abajo. Ahí, en la calle, una mujer tomaba del brazo a otra y la llevaba a la vereda. “Típico comportamiento femenino” musitó.
Dirigió su vista hacia el viejo edificio del frente, el portero había decidido limpiar la vereda a esas horas. En cierto modo esto lo hizo sentir algo mejor. No era el único que esa noche se encontraba solo y aburrido.
Miró las luces de la ciudad, tan frías, tan lejanas. También había olvidado cuando fue la última vez que había reído con ganas. Llegó a sus oídos el llanto de un niño que cruzaba corriendo la calle, todo le parecía tan ajeno.
vCerró los ojos, una lágrima rodó por su mejilla ¿En qué momento había permitido que su ida se convirtiera en esto? Se secó la lágrima. “Los hombres no lloran” dijo en voz alta, como si quisiera convencerse a sí mismo de lo que decía.
Dirigió la vista hacía el frente, al 5to piso de aquel edificio cuya entrada el portero continuaba barriendo meticulosamente.
Dió un salto en su lugar, abatido por la sorpresa.No podía creer lo que sus ojos le decían.
El corazón comenzó a latirle con fuerza, galopando una y otra vez en su pecho, las manos comenzaron a transpirarle y sus piernas a temblar. Lo que estaba viendo era sin dudas lo más hermoso que había visto en toda su vida.
Allá, en el balcón frente a su departamento, estaba sentada una joven vestida con un camisón blanco de encaje, su cabello negro caía en cascada sobre sus hombros blancos y su vista estaba fija en un libro desplegado sobre su regazo. A simple vista parecía de unos veinte años, sin embargo su rostro denotaba una sabiduría propia de quien había vivido mucho tiempo.
Era ella. Era esa luz que Matías había estado buscando todo este tiempo. Las nubes que cubrían su corazón se disiparon, como llevadas lejos por una suave brisa de verano. Corrió fuera de su departamento, dejando la puerta abierta tras de si. No tenía tiempo de esperar el ascensor. Bajó los cinco pisos salteando escalones, trastabillando una y otra vez.
Cruzó la calle que lo separaba de ese edificio sin mirar a los costados. Un auto que pasaba le tocó bocina y lo insultó. Nada de eso importaba.

Llegó hasta la puerta y con la respiración entrecortada le preguntó al portero si conocía a la chica del 5to piso.
El portero lo miró con  una expresión que Matías comprendió como desprecio, lo ignoró y siguió su labor.
Él repitió la pregunta, esta vez más fuerte y con más determinación.
El portero volvió su rostro al joven agitado, frunció el entrecejo y simplemente le respondió “¿Acaso no sabes respetar? Nadie vive en el 5to piso desde hace meses, fue clausurado cuando ese incendio mató a todos los inquilinos de esa planta”


lunes, 26 de agosto de 2013

A las 3.33 A.M



A Las 3.33 am
“Estaba siempre alerta, esperando ahogarte con una canica, asfixiarte con la bolsa del aspirador, electrocutarte con el primer enchufe. La muerte podría estar en una bolsa de cacahuates, en un trozo de carne que se te atravesara, en el siguiente paquete de cigarrillos. Siempre te andaba rodando, de guardia en todas las estaciones de control entre lo mortal y lo eterno.Agujas infectadas, insectos venenosos, cables mal aislados, incendios forestales. Patines que lanzaban a int´repidos chiquillos a cruces muy transitados. Cade vez que te metes en la bañera para darte una ducha, Oz te acompaña: ducha para dos. Cada vez que subes a un avión, Oz lleva tu misma tarjeta de embarque. Está en el agua que bebes, y en la comida que comes. "¿Quién anda ahí?" gritas en la oscuridad cuando estas solo y asustado, y es él quien te responde: Tranquilo, soy yo. Eh, ¿Cómo va eso?”
Stephen King, Cementerio de Animales


No sabemos cuándo, no sabemos dónde, no sabemos cómo. Caminamos con la muerte como tímida compañía, hasta el momento en el que ella decidida animarse y tomarnos la mano…
Seguramente alguna vez te has preguntado cuántos días te quedan, pero ¿ Realmente te gustaría saberlo? ¿Te gustaría saber cuándo, cómo y dónde vas a morir? ¿Estarías interesado en saber cómo cambiar ese destino? Entonces  continuá leyendo, te voy a explicar cómo.
Como en todos los rituales, hay una gran posibilidad de perder la cabeza y caer en la locura… así que mejor será que evalúes el costo/beneficio de esto.  Otra recomendación es que evites hacerlo más de una vez. La gente del otro mundo suele ponerse de mal humor cuando los molestas muy seguido.
Todo lo que necesitas es averiguar en tu ciudad si existe un hospital abandonado.  Como ya debes saber, los hospitales son un umbral entre la vida y la muerte, por lo tanto la persona que buscamos  de seguro se encontrará allí.
Vas a necesitar encontrar la habitación donde haya muerto un paciente exactamente 3.33 am.  Buscar registros del hospital puede facilitar tu tarea…de lo contrario, te recomiendo hacer guardia en los pasillos cada noche, hasta  que en uno de ellos, exactamente a las 3.33 am, la temperatura baje abruptamente. Esto puede tomarte un par de noches, dependiendo  qué tan grande sea el hospital, cuan perceptivo seas y qué tanta energía espiritual tenga acumulada el edificio. Andate inmediatamente si empezás a sentirte perseguido o si escuchás voces.
Una vez que encuentres el pasillo adecuado, seguí los cambios de temperatura hasta que des con la habitación correcta. Créeme, vas a saber cual es la correcta.
A partir de acá, es donde el verdadero ritual empieza.
Comprá una rosa amarilla y una rosa roja. Llevalas a ambas contigo al hospital. 
Esperá en la puerta de la habitación en cuestión hasta que sea la hora indicada, supongo que a esta altura te imaginas cual es.  Exactamente cuando el reloj de la hora exacta, abrí la puerta.
Te vas a encontrar con la habitación de la persona, exactamente como estaba el día que ésta falleció. En la cama estará quien tanto buscabas. No se percatará de tu presencia, así que aun es tiempo de dar marcha atrás, si lo preferís. Si  quien esté en esa cama posee un aspecto grotesco y desagradable, deja ambas rosas en algún sitio y márchate. Deberás hacerlo otro día, pues por el momento la persona no desea ser molestada. Si no es el caso, pasá y sentate a los pies de la cama.
Aquí es cuando lo realmente difícil comienza. Quien sea que esté en la cama te sonreirá y extenderá su mano. Al tocarla verás con lujo de detalle el momento de tu muerte. Sabrás cómo, cuando y donde ocurrirá y sentirás en carne propia lo que es morir.  
Ahora bien, suponiendo que lograste superar el shock de verte en tus últimos momentos y que tu cerebro no se convirtió en avena,  acá es cuando la cosa se pone interesante.  De acuerdo a lo que hayas visto, tenés el poder de  tomar una decisión.  Si le entregás la rosa amarilla, la persona desaparecerá y tú podrás irte con la valiosa información que acabás de obtener.  En cambio, si no te agradó lo que viste, podes entregarle la rosa roja, y así  cambiará tu destino.  La fecha, forma y lugar de tu muerte se reemplazaran completamente y nuevamente, sin embargo ya no sabrás cuándo ocurrirá.  Y así habrás alargado…o quien sabe, quizás acortado tu tiempo en este mundo.

Por cierto…existe una pequeña posibilidad de que veas  cómo algo te mata en el cuarto de hospital mismo. Si esto ocurre, espero que quienséa que vela por nuestras almas, tenga piedad de vos.

domingo, 23 de junio de 2013

Muy tarde para andar sola...



No es para nada de mis mejores trabajos. No he tenido mucho tiempo de escribir. Ni inspiración. Es algo que se me ocurrió mientras caminaba desde teatro hacia mi casa. Considerenlo un pequeño ejercicio que hago para no perder la costumbre que se llama ''Narrar lo que pasa". Oh si, qué nombre original. Pero si, básicamente consta en redactar en una narración lo que pasa en mi vida cotidiana. Este relato está un poco ensalsado, por supuesto. A ver qué me dicen uds. 

Muy tarde para andar sola...
 
“Es muy tarde para andar sola” me dijo con cara de preocupación.  Lo miré, le sonreí falsamente  y le agradecí que se interesara. Imbécil. Si realmente te importara, harías algo más que decirme lo obvio.
El camino a casa era muy largo, y las zonas de toda ciudad se ponen muy oscuras cuando se hacen las once de la noche. Las calles heladas estaban cubiertas por una densa neblina y yo, una joven de diecinueve años sabía muy bien que…era muy tarde para andar sola. 
Sin embargo ya no pasaban los colectivos, no tenía dinero para un taxi, y no conocía a nadie que pudiera pasarme a buscar.  Era eso o dormir en la puerta del salón donde tenía clases de teatro.
Lo miré mientras se subía a su motocicleta, acompañado de su novia. Tenía un cabello rubio que conjugaba perfectamente con sus ojos verdes. No puedo negar que me imaginé incontables veces acariciando esa brillante cabellera. Me obligué a apartar la mirada de él, pero aún podía sentir sus ojos fijos en mí. Nuestra relación siempre había sido ambigua. Me costaba pensar que le interesaba solo como una amiga…y hubiera dado lo que fuera para saber cómo serían las cosas si su pequeña, absorbente e hiperdependiente novia no estuviera en la escena.  La chica era muy rara. Lo seguía a todas partes como su fuera su perro. De hecho, no puedo decir que alguna vez la escuché hablar, ni siquiera participaba de la clase. Solo se sentaba en un rincón y nos observaba.  
Pregunté quién se volvía caminando y  no recibí respuesta. Tendría que caminar sola.  
Di media vuelta y comencé a moverme por las calles que usualmente estaban más transitadas, en un desesperado gesto por sentir compañía. 
Los autos pasaban y yo perdía la mirada en sus luces. Envidiaba a los conductores que llegarían a sus casas rápido y que estaban cómodamente resguardados por la calefacción.  Estaba empezando a lloviznar.
Con las manos en los bolsillos continué mi camino. Ya eran las 11:43 en mi reloj ¿Cómo era que me había atrasado tanto? Ah si, había perdido unos viente minutos hablando con un par de ojos verdes que me rogaban que no me fuera sola. Lo único que consiguió fue hacer que mi situación empeorara.
Llegué a la Avenida San Martín. Tan solo faltaban cinco cuadras más.
Y entonces…el silencio. Parecía ridículo que una de las calles más transitadas, pleno viernes a la noche, estuviera tan vacía. Lo único que podía escuchar era el sonido de mis pasos retumbando en los edificios de ventanas cerradas y luces prendidas. Me pregunté si alguna de esas personas se apiadaría de mí en caso de que me ocurriese algo. La verdad era que aunque quisiesen, para el tiempo que lograran llegar hasta mí, probablemente ya sería demasiado tarde. Y ya era muy tarde, 12.24 am. Muchas gracias, ojos verdes. 
Seguí caminando. Solo faltaban tres cuadras, pero eran las peores. El alumbrado eléctrico público había dejado de funcionar en esa zona hacía meses y no había intenciones de repararlo. Cualquier persona con intenciones dudosas podía estar oculta entre las sombras y los recovecos de esas calles. Sin embargo, lo que más me asustaba era el bar que quedaba a mitad de cuadra.
Crucé a la vereda del frente, en un intento por evitar que me notasen los borrachos babosos de siempre. Por supuesto que ellos tienen una capacidad especial para detectar este tipo de cosas. En cuanto puse un píe en la vereda los gritos comenzaron.  Esa lluvia de “halagos” que hace que una quiera desaparecer del planeta tierra.
Más mi corazón dio un vuelco cuando desde el fondo del bar surgió un hombre alto y fuerte,  que vestía chaqueta de cuero, y un pañuelo a la cabeza. Aceleré mi marcha. Tenía que doblar la esquina.  Pude sentir su mirada libidinosa clavada en mí, examinándome como su fuera una mercancía que estaba a punto de comprar. El tipo se subió a su motocicleta. Yo doblé la esquina.
El pánico me invadió nuevamente cuando, mientras caminaba por esta nueva calle oscura, sentí el rugir de un motor detrás de mí. Corrí y corrí desesperadamente, aunque sabía que era en vano. No había forma de ganarle en velocidad a semejante máquina. El hombre me alcanzaría y me haría dios sabe qué cosas. Comencé a llorar mientras seguía corriendo, no quería mirar para atrás. Qué hermoso sería que el señor "es muy tarde para andar sola" apareciera en su brillante motocicleta para salvarme, pensé.
De pronto me paré en seco. Todo estaba en silencio nuevamente. Empecé a reírme en voz alta de mi actitud tan infantil y caminé el resto de la cuadra que me separaba del edificio donde vivía.  Ahora estaba tranquila, ver el edificio me hacía sentir en casa, aunque aún tuviera que abrir la gran puerta de vidrio y subir por el ascensor. Todo estaba bien.
Llegué a la entrada del edificio y con una sonrisa abrí mi bolso para buscar mis llaves. Volví la mirada hacia la gran puerta de vidrio. Un par de ojos verdes y un cabello rubio brillaron reflejados detrás de mí.
Alguien tapo mi boca  y me susurró algo al oído.
«Es muy tarde para andar sola»