—Estás escribiendo sobre él — Dijo la mujer rubia mientras se
reclinaba sobre el hombro de su copia exacta, quién estaba sentada en el viejo
escritorio de madera balsa.
—No— Dijo la otra, sin mirarla a los ojos. No solía ver a la mujer
escalofriantemente igual a ella que tenía a sus espaldas con mucha frecuencia,
pero cada vez que aparecía, lo hacía con esos mismos ojos de reproche. Los
odiaba.
—Sí. Te dije que dejaras de escribir sobre él— le susurró al oido con
una voz que sonó perturbadoramente igual a la suya.
Y ahí iban de nuevo...la misma vieja discusión sobre cómo el tipo no les
convenía, no las amaba y nunca iban a poder ser felices si no se desprendían de
ese recuerdo. Era más que obvio que estaban de acuerdo en eso y aún así tenían
esta conversación casi a diario.
—No puedo evitarlo. Estoy triste, cuando me siento triste escribo— dijo
sin apartar la vista de la hoja de papel, sintiendo deseos de clavar su pluma
en la garganta de ese cruel doppelganger que solo aparecía cuando peor se
sentía.
—¿Ah si?— Tomó el papel que estaba sobre el esritorio y lo leyó en voz
alta —"Quiera el destino que nuestros caminos se crucen de nuevo, por puro
capricho y casualidad. Así poder sonreírte, decirte que todo está bien y que el
tiempo no erosiona la ilusión"— Soltó una carcajada estrepitosa y burlona.
La otra mujer se deslizó en su asiento hasta casi desaparecer bajo el
escritorio, el rostro completamente ruborizado. Cuando le hacía eso no podía
evitar sentirse violada, más allá de lo absurdo que era avergonzarse frente a
sí misma.
Las carcajadas se acallaron y esta vez ella la miró con el rostro severo
y preocupado—Tenés que terminar con esta estupidez de una vez por todas. Ambas
debemos hacerlo—.
Se incorporó en su asiento nuevamente y exhaló aire en un profundo suspiro
—Hagamos un pacto— su rostro retomo el pálido color natural que siempre tenía.
—Es el último texto, con esto le decimos adiós—.
Su compañera no se veía convencida, pero no tuvo más remedio que aceptar. —Asegurate de escribir
absolutamente todo lo que pensas, en ese caso— dijo.
Volvió a su lugar en el escritorio y tomó la pluma. Cerró los ojos un
momento y al abrirlos comenzó a recitar las palabras que había pensado ya
tantas veces y que no se atrevía a pronunciar: —Quiero decirle que no entiendo
lo que pasó, que no me explico por qué todo terminó así—.
La otra mujer se acercó aún más y agregó —Quiero decirle que no lo odio,
ni le tengo rencor, aunque no pase un solo día sin pensar en él y recordar lo
que ambos hicimos—. La pluma se deslizaba rápido por el papel. Ahora estaban
hablando a duo, en perfecta sincronización: —Quiero decirle que ya no me
importa, aunque es obvio que es una mentira. Necesito que sepa que no me
arrepiento de nada, aunque aún siga pagando el precio. Que se entere de que
hoy, aunque todavía no abandono su recuerdo, ya no lo quiero—.
Siguieron hablando largo rato, sin ser interrumpidas más que por la
pausa que el breve silencio generado por dar vuelta la página del cuaderno.
Finalmente bajó la pluma y levantó la mirada. Se sintió extremadamente
aliviada de encontrarse completamente sola. Releyó lo escrito y con una sonrisa
de paz cerró el cuaderno. Lo guardó en un cajón para nunca más leerlo.
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