—¿Tenés idea de lo que pasa cuando al espejo
deja de importarle imitarte?
La vocesita inocente de Lucia hizo que Maria
saltara de su asiento, sobresalada. La pregunta le sonó tan absurda que le
pareció producto de su imaginación.
—¿Cómo? — Respondió entre risueña e incómoda.
Era por esto que odiaba quedar al cuidado de su prima, los niños viven diciendo
puras pavadas.
La niña sonrió. Le faltaban tres dientes de
leche, y eso le daba un aspecto entre picarón y angelical. La miró seriamente y
se aclaró la garganta.
—Que si tenés idea de qué pasa cuando al espejo
deja de importarle imitarte ¡Es obvio que en algún momento se va a cansar!
María hizo lo posible para no reirse de la
pequeña.
—¿Cómo? — repitió.
—Ay, nena, si. Imaginate estar todo el día
copiando a alguien. Lucía dice que es insoportable y que no ve la hora de dejar
de hacerlo.
—¿Y vos que sabés de imitar a alguien todo el
día? — le dijo Maria, haciendo lo posible para contener la risotada.
—No, yo no, la otra Lucía.
—¿Otra Lucí... — Fue interrumpida por un fuerte
estallido de cristales. Provenía del piso de arriba, de la habitación donde
estaba el gran espejo de madera de roble que su madre había comprado en una
boutique de antiguedades.
Lucía salió corriendo entusiasmada, con una
sonrisa de oreja a oreja. Se escuchó el sonido de sus pequeños pasos sobre el
cristal roto y...¿Un sonido de pasos más pesado? El silencio que le siguió a
eso fue aún más inquietante.
Lo único que María sabía con seguridad, era que
no quería enterarse de por qué ahora el picaporte de la puerta del cuarto donde
se encontraba estaba comenzando a girar.
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