sábado, 4 de enero de 2014

Persecución.

-¡¿Y si me dejás en paz?!
Gritó al vacío con toda la fuerza que le dieron sus pulmones, agitados de tanto correr. Ya había perdido la noción del tiempo y no recordaba cuánto llevaba escapando.
Dobló la esquina hacia el oscuro callejón, bien sabía que no era la mejor idea si lo que deseaba era huir, pero en la desesperación la razón le quedó completamente nublada.
Escuchó los conocidos pasos que se acercaban. No corrían, iban despacio. Era como si estuvieran completamente seguros de que no importara donde ella se escondiera, la encontrarían; como si no importara lo rápido que ella corriera, la alcanzarían; y no importara lo mucho que ella se resistiera, terminaría sucumbiendo.
Siguió su carrera hacia el fondo de callejón, como era de esperarse no había lugar a donde ir. El oscuro lugar terminaba en una reja en cuya cima se enredaba un alambre de púas filoso y oxidado.
Se llevó una mano a la boca, intentando detener sus incesantes jadeos, pero los pasos no necesitaban escucharla para saber por dónde debían ir y continuaban, seguros y calmos, su camino.
Desesperada, comenzó a trepar con una fuerza que ni ella misma sabía que poseía. El alambre de púas rasgó sus ropa y cortó su carne pero no se detuvo a lamentarse mientras saltaba del otro lado de la reja.
Cojeando un poco por la herida, pero decidida a salir de aprietos, echó a correr nuevamente. Las lagrimas brotaban de sus ojos, pero el frio viento de la noche se las llevaba antes de que pudieran recorrer sus mejillas.
Ya nada le importaba, ni el dolor que sentía en su pierna, ni la sangre que la recorría cual río, ni el ardor creciente en sus pulmones. Tenía que escapar, no habría otra oportunidad si no lo hacía.
Creyó oír una carcajada resonando en la helada nada. Gritó, pero el sonido nunca salió de su garganta.
A punto de perder la cordura, una luz se abrió camino en las tinieblas: miró hacia el frente y se sintió aliviada, lo había conseguido y eso que estaba observando no era otra cosa que su casa.
Arrastró su pierna lastimada hasta la puerta y tanteó sus bolsillos en busca de la llave. Intentó calmarse para poder hacer que la cerradura girara.
La puerta se abrió y entró cerrándola tras de sí, poniendo el pasador y a la vez trancandola con la silla más cercana.
Ya más relajada, respiró profundamente. Se quitó el pantalón rasgado y limpió la herida con alcohol. El ardor del líquido al contacto con su piel no era nada comparado con la tranquilidad de sentirse segura nuevamente. Vendó la herida y pensó que eso bien le valdría un par de inyecciones anti-tetánicas de las que siempre hablaba su madre cuando algo así pasaba.
El ardor en su pecho aún no se había ido, pero podía sentir como se disipaba poco a poco, como si el viento suave soplara las nubes de tormenta y las apartara.
 Lloró nuevamente, pero con una sonrisa de gratitud entremezclada con gozo en los labios.
Subió a su habitación y encendió la luz. El mundo se sacudió.
Ahí, parada frente a la pared opuesta, estaba la persona a la que ella más temía, la persona de quién había estado huyendo toda la noche. No le fue posible, no lo había logrado, no había podido escapar después de todo.
Se dejó caer completamente pero poco a poco en la locura. Entonces, abrazando el último instinto de supervivencia que le quedaba, arremetió con todas sus fuerzas contra ese ser maligno que la había atormentado toda la noche.
El rostro de la persona se resquebrajó y se empapó con sangre. Pequeños trozos de vidrio cayeron al piso.
Tomando uno de ellos, se acercó a contemplar su imagen reflejada en aquel espejo hecho pedazos. Acercó el pequeño trozo de vidrio a sus venas.
De más está decir que el único monstruo del que es imposible escaparse, es de uno mismo.



1 comentario:

Para un escritor es importante saber si no tiene que dejar la pluma y agarrar el plumero, por favor comentá qué te pareció!