-¡¿Y si me dejás en paz?!
Gritó al vacío con toda la fuerza que le dieron sus pulmones, agitados de
tanto correr. Ya había perdido la noción del tiempo y no recordaba cuánto
llevaba escapando.
Dobló la esquina hacia el oscuro callejón, bien sabía que no era la mejor
idea si lo que deseaba era huir, pero en la desesperación la razón le quedó
completamente nublada.
Escuchó los conocidos pasos que se acercaban. No corrían, iban despacio.
Era como si estuvieran completamente seguros de que no importara donde ella se
escondiera, la encontrarían; como si no importara lo rápido que ella corriera,
la alcanzarían; y no importara lo mucho que ella se resistiera, terminaría
sucumbiendo.
Siguió su carrera hacia el fondo de callejón, como era de esperarse no
había lugar a donde ir. El oscuro lugar terminaba en una reja en cuya cima se
enredaba un alambre de púas filoso y oxidado.
Se llevó una mano a la boca, intentando detener sus incesantes jadeos, pero
los pasos no necesitaban escucharla para saber por dónde debían ir y
continuaban, seguros y calmos, su camino.
Desesperada, comenzó a trepar con una fuerza que ni ella misma sabía que
poseía. El alambre de púas rasgó sus ropa y cortó su carne pero no se detuvo a
lamentarse mientras saltaba del otro lado de la reja.
Cojeando un poco por la herida, pero decidida a salir de aprietos, echó a
correr nuevamente. Las lagrimas brotaban de sus ojos, pero el frio viento de la
noche se las llevaba antes de que pudieran recorrer sus mejillas.
Ya nada le importaba, ni el dolor que sentía en su pierna, ni la sangre que
la recorría cual río, ni el ardor creciente en sus pulmones. Tenía que escapar,
no habría otra oportunidad si no lo hacía.
Creyó oír una carcajada resonando en la helada nada. Gritó, pero el sonido
nunca salió de su garganta.
A punto de perder la cordura, una luz se abrió camino en las tinieblas: miró
hacia el frente y se sintió aliviada, lo había conseguido y eso que estaba
observando no era otra cosa que su casa.
Arrastró su pierna lastimada hasta la puerta y tanteó sus bolsillos en
busca de la llave. Intentó calmarse para poder hacer que la cerradura girara.
La puerta se abrió y entró cerrándola tras de sí, poniendo el pasador y a
la vez trancandola con la silla más cercana.
Ya más relajada, respiró profundamente. Se quitó el pantalón rasgado y
limpió la herida con alcohol. El ardor del líquido al contacto con su piel no
era nada comparado con la tranquilidad de sentirse segura nuevamente. Vendó la
herida y pensó que eso bien le valdría un par de inyecciones anti-tetánicas de
las que siempre hablaba su madre cuando algo así pasaba.
El ardor en su pecho aún no se había ido, pero podía sentir como se
disipaba poco a poco, como si el viento suave soplara las nubes de tormenta y
las apartara.
Lloró nuevamente, pero con una
sonrisa de gratitud entremezclada con gozo en los labios.
Subió a su habitación y encendió la luz. El mundo se sacudió.
Ahí, parada frente a la pared opuesta, estaba la persona a la que ella más
temía, la persona de quién había estado huyendo toda la noche. No le fue
posible, no lo había logrado, no había podido escapar después de todo.
Se dejó caer completamente pero poco a poco en la locura. Entonces, abrazando
el último instinto de supervivencia que le quedaba, arremetió con todas sus
fuerzas contra ese ser maligno que la había atormentado toda la noche.
El rostro de la persona se resquebrajó y se empapó con sangre. Pequeños
trozos de vidrio cayeron al piso.
Tomando uno de ellos, se acercó a contemplar su imagen reflejada en aquel
espejo hecho pedazos. Acercó el pequeño trozo de vidrio a sus venas.
De más está decir que el único monstruo del que es imposible escaparse, es
de uno mismo.
Increíblemente bello.
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