Siempre se obsesionaba con pequeñas cosas. Las
ideas más diminutas e ínfimas se tornaban castillos gigantes en su cabeza. Así, una
cara de pocos amigos se convertía en la enemistad más profunda y una
sonrisa en el amor más sincero.
Su mente creó odios eternos, romances
duraderos e infinidad de escenarios triunfales y trágicos. Dibujó futuros
inciertos y presentes poco probables. Y
de vez en cuando alguna de sus fantasías se hacían realidad y esto la hacía
sentir poderosa, como dueña de su propio destino.
Lo que más le gustaba era ilusionarse con
imposibles. Elegía los escenarios más absurdos y las condiciones menos
probables para sembrar allí todas sus expectativas de felicidad.
Lógicamente, ante tales proyectos, le era muy
difícil encontrar la plenitud.
Últimamente una fantasía superior a todas
recorría su mente y envolvía sus pensamientos con una facilidad que hacía que
todos sus demás sueños de grandeza, fama y aventura se vieran opacados.
Ella quería una historia de amor. Pero no
cualquier historia de amor, claro está, ella quería la más apasionada y
romántica historia de amor que el mundo haya escuchado. Una que opacase a Romeo
y a Julieta, que le diera envidia a Catherine y a Heatcliff. Y que obligase a
Ofelia a suicidarse nuevamente.
Se recostó en su cama y comenzó a fabular la
trama mientras jugaba con su cabello. Escogería a la persona más distinta a
ella que encontrara, más insensible, calculadora, fría e increíblemente
hermosa. O no, o escogería al hombre más sensible, dulce, tierno e inocente
para hacerlo sufrir. O tal vez preferiría a un intelectual introvertido que
escondiera pasiones tan acaloradas como el fuego mismo. Tantas opciones, tantos
giros distintos del destino que le esperaban. Sonrió profundamente como si
estuviese drogada con estos pensamientos.
buena narrativa
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