domingo, 23 de junio de 2013

Muy tarde para andar sola...



No es para nada de mis mejores trabajos. No he tenido mucho tiempo de escribir. Ni inspiración. Es algo que se me ocurrió mientras caminaba desde teatro hacia mi casa. Considerenlo un pequeño ejercicio que hago para no perder la costumbre que se llama ''Narrar lo que pasa". Oh si, qué nombre original. Pero si, básicamente consta en redactar en una narración lo que pasa en mi vida cotidiana. Este relato está un poco ensalsado, por supuesto. A ver qué me dicen uds. 

Muy tarde para andar sola...
 
“Es muy tarde para andar sola” me dijo con cara de preocupación.  Lo miré, le sonreí falsamente  y le agradecí que se interesara. Imbécil. Si realmente te importara, harías algo más que decirme lo obvio.
El camino a casa era muy largo, y las zonas de toda ciudad se ponen muy oscuras cuando se hacen las once de la noche. Las calles heladas estaban cubiertas por una densa neblina y yo, una joven de diecinueve años sabía muy bien que…era muy tarde para andar sola. 
Sin embargo ya no pasaban los colectivos, no tenía dinero para un taxi, y no conocía a nadie que pudiera pasarme a buscar.  Era eso o dormir en la puerta del salón donde tenía clases de teatro.
Lo miré mientras se subía a su motocicleta, acompañado de su novia. Tenía un cabello rubio que conjugaba perfectamente con sus ojos verdes. No puedo negar que me imaginé incontables veces acariciando esa brillante cabellera. Me obligué a apartar la mirada de él, pero aún podía sentir sus ojos fijos en mí. Nuestra relación siempre había sido ambigua. Me costaba pensar que le interesaba solo como una amiga…y hubiera dado lo que fuera para saber cómo serían las cosas si su pequeña, absorbente e hiperdependiente novia no estuviera en la escena.  La chica era muy rara. Lo seguía a todas partes como su fuera su perro. De hecho, no puedo decir que alguna vez la escuché hablar, ni siquiera participaba de la clase. Solo se sentaba en un rincón y nos observaba.  
Pregunté quién se volvía caminando y  no recibí respuesta. Tendría que caminar sola.  
Di media vuelta y comencé a moverme por las calles que usualmente estaban más transitadas, en un desesperado gesto por sentir compañía. 
Los autos pasaban y yo perdía la mirada en sus luces. Envidiaba a los conductores que llegarían a sus casas rápido y que estaban cómodamente resguardados por la calefacción.  Estaba empezando a lloviznar.
Con las manos en los bolsillos continué mi camino. Ya eran las 11:43 en mi reloj ¿Cómo era que me había atrasado tanto? Ah si, había perdido unos viente minutos hablando con un par de ojos verdes que me rogaban que no me fuera sola. Lo único que consiguió fue hacer que mi situación empeorara.
Llegué a la Avenida San Martín. Tan solo faltaban cinco cuadras más.
Y entonces…el silencio. Parecía ridículo que una de las calles más transitadas, pleno viernes a la noche, estuviera tan vacía. Lo único que podía escuchar era el sonido de mis pasos retumbando en los edificios de ventanas cerradas y luces prendidas. Me pregunté si alguna de esas personas se apiadaría de mí en caso de que me ocurriese algo. La verdad era que aunque quisiesen, para el tiempo que lograran llegar hasta mí, probablemente ya sería demasiado tarde. Y ya era muy tarde, 12.24 am. Muchas gracias, ojos verdes. 
Seguí caminando. Solo faltaban tres cuadras, pero eran las peores. El alumbrado eléctrico público había dejado de funcionar en esa zona hacía meses y no había intenciones de repararlo. Cualquier persona con intenciones dudosas podía estar oculta entre las sombras y los recovecos de esas calles. Sin embargo, lo que más me asustaba era el bar que quedaba a mitad de cuadra.
Crucé a la vereda del frente, en un intento por evitar que me notasen los borrachos babosos de siempre. Por supuesto que ellos tienen una capacidad especial para detectar este tipo de cosas. En cuanto puse un píe en la vereda los gritos comenzaron.  Esa lluvia de “halagos” que hace que una quiera desaparecer del planeta tierra.
Más mi corazón dio un vuelco cuando desde el fondo del bar surgió un hombre alto y fuerte,  que vestía chaqueta de cuero, y un pañuelo a la cabeza. Aceleré mi marcha. Tenía que doblar la esquina.  Pude sentir su mirada libidinosa clavada en mí, examinándome como su fuera una mercancía que estaba a punto de comprar. El tipo se subió a su motocicleta. Yo doblé la esquina.
El pánico me invadió nuevamente cuando, mientras caminaba por esta nueva calle oscura, sentí el rugir de un motor detrás de mí. Corrí y corrí desesperadamente, aunque sabía que era en vano. No había forma de ganarle en velocidad a semejante máquina. El hombre me alcanzaría y me haría dios sabe qué cosas. Comencé a llorar mientras seguía corriendo, no quería mirar para atrás. Qué hermoso sería que el señor "es muy tarde para andar sola" apareciera en su brillante motocicleta para salvarme, pensé.
De pronto me paré en seco. Todo estaba en silencio nuevamente. Empecé a reírme en voz alta de mi actitud tan infantil y caminé el resto de la cuadra que me separaba del edificio donde vivía.  Ahora estaba tranquila, ver el edificio me hacía sentir en casa, aunque aún tuviera que abrir la gran puerta de vidrio y subir por el ascensor. Todo estaba bien.
Llegué a la entrada del edificio y con una sonrisa abrí mi bolso para buscar mis llaves. Volví la mirada hacia la gran puerta de vidrio. Un par de ojos verdes y un cabello rubio brillaron reflejados detrás de mí.
Alguien tapo mi boca  y me susurró algo al oído.
«Es muy tarde para andar sola»

martes, 12 de febrero de 2013

Muerto el Perro...

Creación propia publicada en creepypastas.com

Muerto el Perro


Había pocas cosas en la vida de las que Elena estaba segura, sin embargo de nada estaba más convencida que de su profundo odio por su madre. Solo pensar en esa mujer, que supuestamente debía significar el mundo para ella, le producía jaqueca y una sensación de cólera que tardaba minutos, casi horas, en calmarse.
Quizás no era para menos. La madre de Elena era una persona desagradable, de lengua hiriente y a quien le importaba poco otra persona que no fuese ella misma… aunque clamara que su amor por su hija era el más grande de todos. Pero además de esto la mujer tenía un demonio propio que la convertía en un ser torpe y agresivo, que se apoderaba de su cuerpo y de su mente en las situaciones más diversas y que venía envasado en una botella de vidrio. Botella que, tras treinta minutos de abierta, era reemplazada por otra y luego por otra.
Elena ya no podía llevar la cuenta de la cantidad de veces que tuvo que correr al médico porque su madre había bebido unas botellas de más que la llevaron a abrirse la cabeza contra algún mueble, la cantidad de noches que durmió con un bate bajo la cama para protegerse si era necesario, la cantidad de insultos que tuvo que escuchar. Con diecisiete años recién cumplidos la chica había vivido más de lo que a ella le hubiese gustado vivir. Su padre había muerto en un accidente de transito hacía ya cinco años y Elena se sentía completamente sola. Sentía como si el peso del mundo recayese sobre sus débiles hombros.
Acostada sobre su colchón y mirando hacia el techo taciturnamente, cada noche pensaba en encontrar una salida de aquel laberinto. Fabulaba fantasías prohibidas de pequeñas dosis de cianuro que accidentalmente se mezclaban con el champagne, pantuflas que se enredaban en las escaleras, tuberías de gas que eventualmente desarrollaban pérdidas y cigarrillos encendidos que las descubrían. Pensamientos que nunca quedaban más que en su mente y eran borrados por el sonido sordo de una silla que se golpeaba, un vaso que se caía, o gritos incomprensibles que salían de esa lengua trabada y pastosa que aparece después de la cuarta copa. Las lágrimas no dejaban de caer de los ojos de Elena, dejando su blanco cutis ardido y enrojecido, mientras las manos comenzaban a temblarle y un monstruo violento y voraz golpeaba su pecho intentando salir. “Acá vamos de nuevo” pensaba entre sollozos mientras echaba llave a su cuarto y se ponía sus auriculares para acallar el sonido. Si había algo que Elena odiaba además de a su madre, era su vida.
Luego de una hora, por lo general, el ruido cesaba y entonces ella bajaba a ver los daños: un plato roto, un televisor tumbado, una alfombra vomitada… eran los favoritos de su madre. Pero la imprudente mujer nunca recibía heridas serias. “Años y años te esperan de lo mismo” pensaba para sí misma la cansada adolescente, cuyo rostro ya comenzaba a mostrar el castigo del estilo de vida que su progenitora había escogido para ella.
Una fría noche de Julio, Elena hacía su habitual recorrido por los pasillos de la casa en busca del saldo de destrozos de la noche. Cuando llegó a la cocina su corazón dio un tumbo y comenzó a galopar en su pecho. Allí estaba su madre, inerte en el suelo, descansando en un charco de sangre. “Muerto el perro se acabó la rabia” pensó y esbozó una pequeña sonrisa. Con una sensación que le pareció eufórica, se acercó corriendo hacia la mujer y le tomó el pulso. Normal. Solo tenía una herida superficial en la cabeza… de esas que sangran demasiado para el tamaño que tienen. Sintió desilusión. Sí, ese sentimiento era desilusión, no había la menor duda sobre eso.
“Muerto el perro, se acabó la rabia”, volvió a pensar mientras se retiraba. La solución ya era ineludible… su madre no moriría sola y ella no quería vivir una vida donde tuviese que hacerse cargo de ese pesado bulto que olía a whisky barato.
No se detuvo a pensarlo. Solo iba a esperar que su madre estuviese despierta y sobria. Quería que tuviese el nivel de consciencia suficiente como para entender qué ocurría y por qué era su culpa lo que estaba pasando.
Esa noche no durmió. Su cuerpo se estremecía de gozo al pensar que pronto todo su sufrimiento terminaría.
El sol salió, y ella se preparó para la acción. Tomó el bate oxidado que guardaba bajo su cama y se sentó a esperar el sonido de la cafetera poniéndose en marcha. Su estomago empezó a darle golpes de excitación cuando por fin escuchó el crujir de los granos de café que se molían… “Yo te quitaré la resaca, no te preocupes”, pensó mientras sonreía.
Caminó lentamente, saboreando cada macabro instante. Llegó a la cocina y entró. Su madre, que se dio vuelta a saludarla cuando escuchó sus pasos, la miró asustada y ahogó un grito en cuanto su hija alzó el bate por sobre su cabeza.
Elena descargó el bate contra la piel y sintió cómo los huesos crujían y se rompían. Lo levantó y lo volvió a bajar con una fuerza sobrehumana, una y otra vez, sobre cuanto lugar pudo. Las piernas y los hombros eran los lugares a los que menos le costaba atinarle. El placer era inmenso, sentía como si sus problemas se enjuagaran en una catarata de sangre. Los gritos y plegarias de su madre eran cada vez más fuertes. Golpeó la cabeza y la abrió, pudo sentir los sesos derramándose en sus manos. La sangre le empapó el rostro y ella se relamió con macabro regocijo. Siguió golpeando brutalmente hasta que dejó de escuchar los gritos. Allí en el charco de sangre, abatida por la emoción, se dejó caer, exhausta.
Cuando los oficiales de policía llegaron a la escena se llevaron una desagradable sorpresa. Arrestaron inmediatamente a la mujer con síntomas de ebriedad y largo historial clínico, negándose a creer sus disparatadas excusas. Después de todo, ¿quién sería capaz de apalearse a sí mismo hasta la muerte?


+ Muerto el perro… | Creepypasta en español http://creepypastas.com/muerto-el-perro.html#ixzz2KitTK6EW

martes, 29 de enero de 2013

Cómo Hablar con los Muertos

Creación propia publicada en creepypastas.com

¿Extrañas mucho a alguien que ya no está entre nosotros? ¿Me creerías si te digo que hay una forma de volver a hablar con esa persona? ¿Qué estás dispuesto a hacer para volver a ver a un ser querido?  Quizá debas meditar un poco esta última pregunta, porque puede ser la última que te plantees.
Existe una barrera que separa el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, pero eso no significa que no pueda romperse o debilitarse. Eso es lo que voy a enseñarte a hacer. Esta barrera se hace más delgada a las 3.00 a.m. , por lo que el ritual debe practicarse a esta hora. Es importante que nunca lo hagas en fechas de celebraciones a los muertos (La noche de Walpurguis, Halloween…), ya que la barrera es demasiado delgada en esas fechas, y corremos el riesgo de traer a personas -y no tan personas- indeseadas.
Elige con cuidado la persona con la que deseas hablar, ya que solo tendrás una oportunidad de hacerlo. A la gente del otro lado no le gusta que nos entrometamos en sus asuntos, y si te descubren es probable que te arrastren a su mundo por la fuerza.
Es importante que pienses objetivamente en la persona, más allá del cariño que le tengas. Intenta juzgar su vida, e intenta discernir si pertenece ahora al Cielo, al Infierno o al Purgatorio. Si esta persona ha ido al Infierno, es muy probable que una vez abierta la barrera cueste cerrarla sin efectos colaterales. Si pese a esto decides continuar es bajo tu propio riesgo.
Necesitarás una fotografía de la persona, sal, un espejo, una pertenencia de esa persona -en lo posible una preciada-, pétalos de rosa roja, dos velas y una pregunta cuya respuesta conozcas muy bien y que solo esta persona sabría contestar…mientras más precisa sea la respuesta a la pregunta, mejor es. Puedes agregar algún amuleto personal que te proteja.
Siéntate a oscuras en el suelo, rodeándote en un círculo hecho con sal y pétalos de rosa. Conserva un par de pétalos en tu regazo, puede que los necesites luego. Coloca las velas a cada lado del espejo, de modo tal que puedas ver tus ojos en el reflejo sin ningún problema.
Sé que esto te va a resultar muy difícil, pero es necesario que lo hagas: intenta no pensar en la pregunta, o por lo menos en su respuesta, hasta que sea el momento de enunciarla.
Toca el espejo con una mano y sostén la pertenencia  y la foto con la otra, cierra los ojos. Cuenta hasta diez y llama a esa persona por su nombre completo. Di el nombre de la persona y seguido de eso, di: “Quiero hablar contigo”. Hazlo hasta que sientas que la temperatura de la mano con la que estás tocando el espejo disminuye bruscamente. Sí, lo lograste: hay un muerto en el espejo. Ahora solo debes asegurarte de que sea realmente el que tú deseas. Quita tu mano del espejo, sonríe y saluda cordialmente –si no haces esto, verás a la persona con la apariencia que tuvo en el segundo previo a su muerte,  y la imagen no suele ser muy grata-. Ahora puedes abrir los ojos.
Frente a ti, en lugar de tu reflejo, encontrarás a la figura de tu ser querido. Controla tu emoción, aún no puedes hablarle de lo que sea. Dile que lo extrañas, pregúntale si es realmente él/ella –te dirá que si irremediablemente- y hazle algunas preguntas personales fáciles de contestar. Actúa completamente confiado, debes aparentar que crees plenamente que aquel espíritu manifestado en el espejo es tu ser querido. Cuando sientas que lo has convencido de que confías en el/ella, suelta la pregunta que tenías preparada. Si tarda en contestar, no contesta o simplemente sonríe, arroja los pétalos de rosa al cristal. Eso te dará tiempo de romper el espejo y estarás a salvo. Cubre los cristales con algo para no reflejarte en ellos y quema el espejo.  No rompas el espejo haciendo contacto con tu piel, y mucho menos te lastimes mientras lo haces: le pertenecerás para siempre si tú o tu sangre lo tocan.
Si la persona te contesta correctamente, tu experimento ha resultado. Ahora tienes veinte minutos para hablar con la persona y decirle todo lo que quieras. Solo veinte, pues no puedes arriesgarte a que alguien del otro lado note lo que estás haciendo.
Pasados los veinte minutos, le dirás a la persona que debes irte (no te preocupes por controlar el tiempo, sabrás cuándo decírselo porque comenzarás a escuchar murmullos). Extiende tu mano con su pertenencia y apóyala en el cristal del espejo. Esta se reflejará y tu ser querido tomará el reflejo. Te dará las gracias y se marchará.  Si en algún momento de tu conversación la persona mira a sus espaldas o te dice que siente que alguien se acerca, termina el ritual ahí mismo, haciendo lo que te expliqué antes.
Guarda algunos pétalos de rosas y colócalos bajo la almohada en la que duermas, como última medida cautelar. Luego, duerme tranquilo: has logrado vencer la frontera de la vida y la muerte.


+ Cómo hablar con los muertos | Creepypasta en español http://creepypastas.com/como-hablar-con-los-muertos.html#ixzz2JOSLXZDa

jueves, 26 de julio de 2012

...

Y este es el lugarcito que te doy yo, este es el lugarcito donde te voy a contar cuánto me duele que no estés más.
No puedo creerlo, Juli...tantos años de peleas, de preguntas desubicadas, de tantas pavadas con las que me hacías reir tanto, tantas noches cuando nuestros papas se juntaban a cenar y me aburria porque TE QUEDABAS DORMIDO, tantas horas de verte jugar con la play!
No creo que esto sea muy largo...porque sinceramente hoy me faltan palabras para describirte lo que siento.
Mal o bien, con peleas, con todo, vos eras mi primo del corazón! Cómo me gustaría volverte a escuchar diciendo "Sos una cortada verde, Pupi"...
Y yo no se si te lo dije alguna vez, pero siempre te quise, y siempre te voy a querer muchísimo! Se que lo sabes, en el fondo...porque se que con tooooooodas esas cosas que teniamos, es imposible que no supieras lo especial que sos para mi!
Y para sorpresa mia, no tenemos ninguna foto los dos juntos, así que no voy a poner nada...lastima mucho verte.
Te quiero mucho, primo Julian.
Hasta siempre!

miércoles, 9 de mayo de 2012

Ladran, Sancho, señal que Cabalgamos!



Si tuviera que cambiar un solo aspecto de mi persona para que  las malas lenguas dejasen de hablar, quedaría reducida a nada.
Podría cambiar mi voz…pero seguramente criticarían mi forma de hablar. Podría cambiar mi forma de hablar, pero después criticarían mi boca. Podría cambiar mi boca, pero después criticarían mi cara. Si cambio mi cara , criticarían mi cuerpo, si cambio mi cuerpo, criticarían mis acciones. Si cambio mis acciones, criticarían mis amistades. Si cambio mis amistades, criticarían que deje a mis amigas. No hay forma de contentar a ciertas personas.
Cambiaría mi ser, cambiaría mi esencia y después….¿Qué habría de mi? Una cáscara vacía, o el dibujo de una raya…igual a tantas otras.
Quien te juzga una vez, te juzgará mil veces. Y siempre encontrará algo nuevo que comentar. Será tu voz, será tu ropa, será tu forma de escribir, pensar, elegir, relacionarte…respirar.
Y qué triste es que mientras esas personas piensan que son tanto mejores que uno…uno piensa que realmente no importa si lo son.

Y al final, lo único que me importa es que: SOY INSOPORABLE, INSEGURA, CAPRICHOSA, CHARLATANA, ATOLONDRADA, TONTA, UN TANTO ENGREIDA, OPINIONADA, DESPROLIJA…Y MUCHAS COSAS MÁS…Y ME ENCANTA 

Porque todas esas cositas pesadas de mí, van acompañadas de otras que son mucho mejores, que solo podés ver si me conoces. Y hacen un combo que a cierta gente le parece bueno. Que alguien no quiera molestarse en conocerlas, no es decisión mia!

Así que hay que ser felices como somos y PUNTO.

Sinceramente, Coti

P.D: la bota aca es talle universal, al que le quede…

domingo, 15 de abril de 2012

Algo...

Leer me inspira Leer me inspira tanto que me hace escribir. Y escribí ALGO. 
No me pregunten qué, no me pregunten como, no me pregunten para que...pero la inspiración me pegó de golpe y escribí ALGO. Y así le puse..."Algo.doc". No se que será este algo, pero ahora lo comparto con ustedes, para que me ayuden a darle forma, y que este ALGO deje de ser ALGO y sea una cosa mayor, más formada!


Y Esto es mi ALGO...


"Recuerdo cada detalle de lo que voy a narrarles a continuación, como si fuera una película que he visto mil veces: la quietud de la noche, el ruido de la lluvia, la leve sensación de que algo no estaba en su lugar.
Esta noche di mil vueltas en mi cama. El sueño me envolvía, pero mi cuerpo no respondía a su llamado. Por algún motivo, sabía que debía permanecer despierta.
El reloj de pared sonaba desesperantemente. Lo que durante el día era un sonido imperceptible, en ese momento se había convertido en una desafinada orquesta de instrumentos oxidados.
Me senté en la cama, mire hacia delante. Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, podían distinguir perfectamente cada una de las formas que dibujaba la luz de luna al bañar el cuarto desde las cortinas. Puse mis pies en el suelo frío de madera, mi cuerpo se estremeció ante el helado contacto. Tanteando un poco con  la punta de los dedos, pude encontrar mis pantuflas. Me paré lentamente y miré por la ventana. El patio estaba inundado por un aura azul propia de la tregua de la noche, que comienza a ceder de su implacable manto oscuro dándole pasó al sol.
Registré todo el lugar con mi mirada, y sentí una presión en mi pecho seguida por un calor agobiante. Y como si una dulce voz me lo hubiera pedido, abrí la ventana.  La noche estaba tan templada que no imaginé las terribles consecuencias que ese pequeño acto tendría en mi vida.  Regresé a mi cama, y al apoyar mi cabeza contra la almohada caí profundamente dormida.
Dormí como nunca antes había dormido en mi vida. Me sentía, de alguna forma, protegida, acompañada."

Sinceramente, Coti. 

jueves, 10 de marzo de 2011

Sola Hasta Tarde

Bueno, les comenté que soy una escritora aficionada. Hoy estuve leyendo algunos blogs y me dieron muchas ganas de escribir. La inspiración vino inmediatamente, por suerte.  Es un cuento de terror corto, disfruten :)


Sola hasta tarde...

Odiaba ser la última en irse a dormir. Nunca supe por qué, pero ver mi casa en silencio, con los corredores callados y la tenue luz de luna que se filtraba por las persianas ya bajas; me era una experiencia desagradable.
El asunto era todo un tema en mi casa: cada vez que de pequeña me desvelaba, mi padre tenía que quedarse conmigo hasta que me durmiese, y no me importaba qué tenía que hacer para conseguirlo. Ya más crecida, comprendí que no debía ser tan egoísta y me dispuse a instalar un viejo televisor en mi habitación para esas noches en vela. Sin embargo,  cada vez que los sonidos de la casa se iban apagando, me apresuraba a dejar lo que fuese que estuviera haciendo y me acostaba a dormir.
Las carreras por no ser la última despierta se prolongaron hasta una noche de marzo. Ya había cumplido mis 17 años y había ingresado a la universidad hacía poco, en ese momento decidí que debía crecer. Aprovechando la proximidad de un examen parcial, me dispuse a preparar una velada de estudio agradable. Preparé café, compré algo para comer, desplegué mis libros sobre la mesa de la cocina y comencé a estudiar.  Afortunadamente esa noche todos habían decidido trasnochar, las luces de los pasillos se prendían y apagaban, mis hermanos caminaban por las habitaciones, los televisores estaban encendidos. Todo este movimiento calmo mis ansias, y agradeciendo la familia comprensiva que tenía, pude concentrarme plenamente.
Alrededor de las 3 am, el movimiento cesó un poco. Lo supuse normal, porque mis hermanos tenían escuela al día siguiente y papa trabajaba. Mamá seguía despierta, porque de la habitación contigua se escuchaban murmullos (a ella le encanta leer en voz alta, pero  esa noche seguramente mantenía la voz baja porque no quería distraerme).
A las 5, decidí terminar e irme a dormir. Mamá seguía leyendo en el cuarto contiguo, de donde continuaban saliendo murmullos. Sin abrir la puerta, pues ella es muy quisquillosa con su privacidad, le dije “hasta mañana, disfruta la lectura”.
Caminé por el pasillo, la luz se apagó tras de mi. “¡Mamá siempre se anticipa a mis movimientos!” pensé.
Cuando llegué al cuarto de mis padres, para mi sorpresa, me encontré en la puerta con madre, quien con cara de dormida se frotaba los ojos. Entre bostezos, me dijo:
-“¡Qué bueno que hayas perdido tu miedo a quedarte sola! Nos fuimos a dormir temprano ayer, a eso de las 11, para no molestarte. Estabas tan concentrada que ni nos animamos a decirte buenas noches”.